martes, 30 de julio de 2013

Cinco lecciones del proceso de negociación de la coalición progresista.

Poco a poco, casi con cuentagotas, se están dando elementos para lograr una comprensión de lo que pasó durante la semana pasada, entre miércoles y viernes. Un proceso que, si bien no logró llegar a la firma de un acuerdo de coalición entre el Partido Acción Ciudadana (PAC), el Partido Alianza Patriótica (AP) y el Frente Amplio (FA), también abre un panorama diferente.

Ante todo lo importante, creo, es extraer aquellos elementos de enseñanza. Ya son demasiadas las voces que pretenden buscar culpables. No es que no haya culpas, que podríamos endosar a quien corresponda. Ante todo y sobre todo, parto de un principio: La constitución de un bloque político, de carácter progresista, no se va a lograr con un proceso de negociación puntual para un proceso electoral. Existen barreras de diverso orden que, de no tenerse en cuenta a futuro, no permitirá la construcción de una fuerza de esas características. De señalarlas, de comprenderas, puede depender futuros esfuerzos.

No es con discursos o actitudes de voluntarismo que se logran cuajar procesos políticos. Si fuera tan fácil como eso, cualquier forma de tratar de explicar las dinámicas de negociación no tendría mayor sentido. Y ese ha sido, por mucho, el eje que ha articulado muchos de los discursos de quienes se rasgan las vestiduras por no haberse conseguido la coalición. Tampoco se ha acabado el mundo, no necesariamente se debe pensar que ya es inevitable un triunfo del Partido Liberación Nacional (PLN) en el 2014. Darle la espalda al proceso electoral sólo va a facilitar la victoria, ahí sí, de la derecha nacional, llámese PLN o Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) ó el Movimiento Libertario (ML).

1. La base ideológica cuenta.

Uno de los elementos que frenaron y obstaculizaron las negociaciones fue, sin lugar a dudas, dos visiones que primaron en el PAC en algún momento. Este partido cuenta en su seno, me parece, con dos visiones que se encuentran enfrentadas dialécticamente. Por un lado prima una visión de que los vectores de orden ideológico deben tener una suma cero. O sea, que si entra una fuerza de izquierda, debe necesariamente entrar una de derecha que anule a la primera. Esa visión fue la que llevó a la anterior dirección de ese partido a negociar, fuertemente, con el PUSC y el ML en algún momento; y de paso, levantar suspicacias con el FA, que no podía entender como entrar a gobernar con esas fuerzas de derecha.

La otra visión es diferente. Reconoce que los vectores ideológicos apuntan hacia el mismo cuadrante, a la izquierda, pero con ángulo diferentes. Ello lleva, siguiendo la símil, a que la suma de estos dé un vector resultante que se desplaza en ángulos intermedios y con magnitudes de avance también intermedias. Es un buen ejercicio de realismo que para el FA es mucho más potable y cercano a lo que considera la necesidad táctica inmediata. Esa visión es la que, nobleza obliga, mantiene el actual candidato Luis Guillermo Solís y el candidato del FA, José María Villalta. Desgraciadamente, el candidato del PAC y su visión, aún no son hegemónicas.

En el caso de AP, debe reconocerse también, Mariano Figueres mantuvo desde un inicio que la coalición debía ser coherente ideológicamente. La enseñanza que extraigo es que cualquier esfuerzo futuro depende, necesariamente, de esa coherencia ideológica básica y debe ser expuesta clara y abiertamente. De no ser así, la liebre saltará más temprano (en la elaboración programática) o más tarde (en la gestión de gobierno).

2. Los liderazgos cuentan.

Los principios de orientación ideológicos no existen per se, no son elementos de trascendencia metafísica. Se encarnan en personas concretas, en caras definidas. En el caso de los partidos políticos, son aquellas personas que ejercen algún nivel de liderazgo, ya sea al interno, al externo o en ambos ámbitos.

Dos de las fuerzas políticas que actuaron presentaron en el momento de ese intento de negociación postrero liderazgos fuertes y legitimados. Por el lado de AP la figura de Mariano Figueres era clara y evidente. Por el lado del FA, pasado el proceso de renovación de estructuras y de elección de candidaturas (presidencial y legislativas), también pudo presentar un colectivo fuerte: Patricia Mora, Rodolfo Ulloa, Vernor Arguedas, Sergio Reuben y José María Villalta (el núcleo “duro”), acuerpado por otros cuadros de dirección (Rocío Alfaro, Roberto Alfaro, Beatriz Castro y -mal decirlo- mi propia persona).

¿Qué pasó del otro lado? No se pudo definir esos liderazgos de manera oportuna. Por un lado existió un engorroso y aún no resuelto proceso de renovación de estructuras. Durante algún tiempo, no existió un Comité Ejecutivo Nacional (CEN) debidamente electo y legitimado para asumir representaciones, se les dió una prórroga al anterior para que culminara el proceso. Una vez electos los órganos de dirección nacional (CEN y Comisión Política -CP-), se abre otro momento de impase; al decidir elegir su candidatura presidencial vía elección abierta, que realizó el 21 de julio, se creó una incertidumbre, ¿con quién estamos negociando?

Desgraciadamente para la coalición, los mensajes que emitían los tres precandidatos y la precandidata, no eran homogéneos en cuanto al tema. ¿Respetarían lo que se negociara? ¿Sería posible que si quienes más fuertemente impulsaban el esfuerzo, si resultaban derrotados, habrían gastado pólvora en zopilotes? Los resultados tampoco ayudaron. Si bien quienes lograron poco más del 70% de la votación apoyaban la coalición, el margen de diferencia obligó a que tan sólo hasta el día 29 de julio se diera una declaratoria oficial. Esto llevó a que el sector proclive a la coalición progresista, si bien lo intentó, no tuvo el tiempo de crear y concitar apoyos a lo interno.

3. Una coalición es un proceso complejo de construcción.

No sé sí todo el mundo lo tiene así de claro. Negociar entre fuerzas políticas, llámense estas partidos o movimientos (al fin y al cabo, las expresiones del movimiento social son expresiones de colectivos políticos), son complejas. No se puede reducir, de forma simplista, a que sí no hay acuerdos se deba a intereses egoístas o a falta de voluntad. Claro que estos elementos pueden entrar a jugar, pero no son los únicos que priman.

Entran elementos de confianza, situaciones de experiencias previas de trabajo conjunto. Se necesita no sólo decir “queremos”, es también considerar que si hay diferentes expresiones partidarias es porque las perspectivas de futuro son diferentes y que debe buscarse la manera de garantizarse que sean respetadas. Nada se logra avasallando, eso no es una negociación, es una simple y llana victoria o derrota.

Lo que pasó en esta semana simplemente es la finalización de una etapa del proceso, si es que realmente se quiere avanzar en esa coalición. Pasó lo que tenía que pasar, se construyó el momento histórico de esa manera y ya no hay forma de cambiarlo. Pero tampoco significa que ya no hay más. La cuestión aquí es: ¿Cómo lograr crear esos canales que fortalezcan visiones de futuro común? ¿Es necesario, o no, antes de hablar de la carpintería definir el tipo de casa que se quiere construir?

Veo que se abre un panorama que puede ser fructuoso. Si se logra plantear luchas en común, si se puede llevar a cabo un accionar coordinado, sin protagonismos excesivos, de las futuras fracciones legislativas, en temas puntuales, se puede ir avanzando en la consecusión de un marco de relacionamiento que facilite el avance.

De igual manera, sin perder de vista que son adversarios coyunturales para las elecciones, llegar a acuerdos de respeto mutuo, colaboración en fiscalización de mesas, apoyos mutuos en caso de una segunda ronda y, porque no, inclusión de las contrapartes en un eventual triunfo de la otra, permitiría avanzar hacia ese objetivo organizativo. La pregunta es, ¿se animaría alguien a hacerlo?

4. Se debe superar la visión estrictamente legalista.

En el comunicado conjunto del PAC-AP-FA, que anunciaba la no posibilidad de conformación de la coalición, lo señalaba correctamente:
Si bien no ha faltado voluntad, creatividad ni buena disposición de todas las partes involucradas, la estrechez del marco temporal y legal que el bipartidismo diseñó con el propósito de inhibir el desarrollo democrático, dificultó de manera significativa dicha aspiración.”
Y es cierto. De manera inexplicable, el marco legal de las coaliciones asume que deben firmarse acuerdos 6 meses antes de las elecciones, aunque las candidaturas se puedan inscribir 4 meses antes. A ello debe agregársele que las coaliciones se extinguen una vez realizadas las elecciones, eliminando la posibilidad legal de mantenerlas. Por un lado hay una queja constante de la atomización partidaria, pero por otro se fomenta de una u otra manera.

Claro está, este mecanismo fue obviado en la administración Monge cuando, producto de una negociación de inspiración claramente oligárquica, se retorció la ley de tal manera que el PUSC se convirtió, de la noche a la mañana, de coalición a partido. Pero eso es harina de otro costal.

Así vistas las cosas, uno de los elementos centrales que debería definirse de previo a negociar aquellos elementos (tramposos a mi visión) que obliga la ley, es definir la manera en que cualquier coalición pueda supervivir al primer domingo de febrero, seguir operando de forma política, creando los mecanismos de coordinación que garanticen la consolidación del proyecto común así como la autonomía de los partidos involucrados. Otro elemento fundamental es la forma en que se puedan incorporar y participar, las expresiones de los movimientos sociales. Con todo esto no se evitaría la instrumentalización eventual de algún partido político, pero sería más difícil para alguno salirse del saco. Ya se vio como un partido, Patria Nueva, inició el proceso y terminó “revoleando el gato” al decir de un viejo compañero de la Zona Sur.

5. La necesidad de la sincronía.

Ya se vió que los tiempos se manejaron distinto en el PAC, AP y FA. Mientras el FA sí avanzó rápidamente en la renovación de sus estructuras y elección de candidaturas, el PAC llegó prácticamente al límite y AP lo logró (¿?) más que en el límite. Si realmente se quiere conformar un espacio unitario a futuro se debe alcanzar un compromiso, con suficiente antelación, de que estos procesos se lleven a cabo de manera sincronizada, garantizando que haya la suficiente legitimidad de parte de quienes actúen como agentes negociadores de los partidos.

Asimismo, debe definirse con claridad y antelación la lógica sobre la que se llevaran a cabo estas renovaciones. El FA, al menos, operó en la lógica de que la coalición debía ser solamente presidencial. Esta lógica nunca fue totalmente rebatida, pero con la entrada del PAC, ya de lleno, el contexto lógico cambió y ello provocó resistencias en el FA. Y esas resistencias provocaron una situación de quedarse parqueados esperando una propuesta que acercara posiciones, talvez de manera un poco pasiva, pero válida.


En suma, pueden haber muchas más lecciones que haya dejado este proceso. A mí me dejó estas cinco lecciones. Pero además me dejó algo más, el poder haber interactuado con personas como Luis Guillermo Solís, Juan Carlos Mendoza, Mariano Figueres y Marcela Guerrero en quienes sentí un verdadero y sincero deseo de avanzar hacia una coalición que pueda incidir decididamente en el futuro inmediato de nuestro país.

4 comentarios:

  1. Me parecen muy acertados sus comentarios don Juan, y debo decir que es algo muy atinado y equilibrado también. Una larga discusión similar se dio en su momento en otros países como en España sobre si debía haber coalición entre PSOE e IU y se da actualmente en Chile donde algunos (de ambos lados) se oponen a que el PCC se una a la Concertación, pero claro, Chile es otro nivel y el sistema electoral obliga a estar en coalición o desaparecer, lo opuesto a CR.

    El caso es que el debate de si la izquierda y el centroizquierda deben unirse en una coalición no es nueva, se mantiene desde el siglo XIX. Se resolvió temporalmente con los “frentes populares” internacionalmente, algunos bastante exitosos como los republicanos en España, Unidad Popular en Chile y nuestro Bloque de la Victoria (caldero-comunistas) en todos los casos derrocados por fuerzas reaccionarias.

    Creo que debemos también empezar a aceptar la posibilidad de que quizás las diferencias ideológicas (que no programáticas) entre PAC y FA son demasiado insalvables y que ambos partidos cumplen un rol necesario y separado entre el electorado. Uno posicionándose como el centroizquierda y cumpliendo o intentando cumplir el rol que alguna vez ocupó el PLN en la política costarricense y otro siendo el representante de la izquierda como alguna vez fue Pueblo Unido que en no pocas ocasiones el viejo PLN verdaderamente socialdemócrata y PU coincidieron y se apoyaron mutuamente en la Asamblea en temas importantes tanto siendo ambos oposición como siendo el PLN gobierno. Quizás una dinámica así podrían llegar a desarrollar algún día el PAC y el FA más realistamente que una coalición que en nuestro país es bastante difícil. Recordemos que aún la coalición Unidad y PU tuvieron duras fracturas y luchas internas por lo que no llegaron a término íntegras sino con diversos cismas.

    El caso de AP y de PN si es totalmente diferente, no solo parecen ser partidos gemelos sino que las diferencias con el PAC son casi imperceptibles, esos dos partidos sí harían mucho más bien a la patria si acordaran la fusión o con el PAC o con el FA, pero en ese tema hay más un tema de egos que de ideología.

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