miércoles, 11 de diciembre de 2013

¿Campaña atípica o campaña como debería ser?

¿Cómo calificar la actual campaña electoral? Tal vez el adjetivo que más he oído es el de atípica, pero, ¿en qué es atípica? Supongo que esta pregunta, con sus derivaciones, se convertirá en un tema de la agenda de investigación académica de los próximos años, y mientra tanto, quisiera dejar algunas miradas sobre ella.

El primer elemento importante de señalar es la baja saturación de publicidad (o mercadeo como gustan decir los “golden boys” de las relaciones públicas -sea lo que eso sea-). La indecisión de la Sala Constitucional en resolver respecto a los bonos de deuda política y los alcances de la sentencia, impidieron que los partidos políticos volcaran sus recursos hacia los comerciales en televisión, anuncios en la radio y las páginas a todo color en la prensa escrita.

Esto obligó a los equipos de campaña a tomar decisiones que, bien vistas, fueron un regreso a un deber ser democrático. Se supone, o eso es al menos el discurso hegemónico, que la democracia se debe fundamentar en la libre decisión de las personas. El supuesto, o al menos el valor mentado, es que se deben confrontar ideas y planteamientos y, a partir de un ejercicio reflexivo, cada persona toma la decisión de votar por una u otra opción política.

Claro está que este valor mentado se trastoca cuando entra en juego el mercadeo. Se asume una realidad diferente que parte del supuesto schumpeteriano de que las elecciones son una especie de extensión del mercado y, por consiguiente, cada candidato es un producto a vender (aunque sea como muchas veces se venden las cosas, mediante el engaño o las verdades a medias agregaría yo). Se crea entonces el mito hegemónico de que cada quien votó según su conciencia. Ese mito, sin embargo, se destruye o se falsea, sobre todo en los últimos años, cuando rápidamente se pierde la legitimidad de ejercicio del poder político. Pero el mismo sistema tiene un presupuesto fatal, hay que esperarse a que termine el período para castigar y reclamar lo que no se hizo. Lo único que interesa es la legitimidad de origen.

El principal espacio para poder llegar con un mensaje a la población han sido los debates, mesas redondas y similares. Algunos candidatos han acudido de manera constante a cuanto debate le han invitado, algunos a menos y en el caso del candidato del oficialismo, prácticamente a ninguno. Pero quienes organizan y asisten a estos eventos resienten la ausencia.

Un segundo elemento, ligado al anterior, ha sido las redes sociales, como por ejemplo Facebook y Twitter. Ya en la primera elección en que resultó electo Obama, en Estados Unidos, el fenómeno de las redes sociales quedó patente. Son un medio de comunicación que, bien manejado, permite llegar a miles de personas simultáneamente y en poco tiempo. En Costa Rica esta elección marca un hito en el sentido de que es la primera en que estas plataformas de interacción tienen una preponderancia que antes no tenían.

Creo poder determinar al menos dos causas para esto. La primera es que esa generación de la Internet ha irrumpido en el escenario electoral, ya no como adolescentes, sino como votantes. Quien en el 2010 tenía 16 o 17 años, y no pudo votar, hoy cuenta con 20 o 21 y lo hará por primera vez. Súmele el grupo de edad de 19 y 18 y tendremos una masa nada despreciable. La segunda causa es la irrupción de la tecnología de telefonía móvil que permite el acceso a Internet sin depender de una computadora y un modem fijo. Basta con observar a su alrededor mientras viaja en bus, espera para un trámite o, incluso y para tortura de los(as) docentes, mientras se imparte una clase. La gran parte de las personas están pegados a su teléfono celular, muchos, chequeando sus cuentas de redes sociales.

En este campo, por mucho, José María Villalta y el equipo de campaña del Frente Amplio han demostrado una capacidad de acción muy grande. Sus publicaciones han sido con un claro sentido de comunicación política, pensando siempre en llevar algún tipo de mensaje. Sin serlo totalmente, es una acción pedagógica de una u otra manera. Su principal contendiente, el oficialista Johnny Araya, sin embargo, parece no haber entendido esto. Es evidente que la compañía que le maneja sus cuentas de Facebook, por ejemplo, nunca ha entendido que una cosa es un político en campaña y otra muy distinta son las relaciones de un artista pop con sus fans. Y esto es lo que ha pasado con Araya; mensajes sosos, sin ningún sentido, deseando una feliz mañana o diciendo lo feliz que se siente de llegar a casa, lo cual es comprensible ya que está recién casado... por cuarta vez pero siempre debe ser emocionante.


Estos elementos, entre otros (por ejemplo las encuestas o el papel de la prensa, pero eso es tema de otro túnel) han obligado a los expertos (porque son masculinos casi que todos) a decir que esto es “atípico”. Y la mayor atipicidad es que al día de hoy la tendencia es que el candidato del oficialista Partido Liberación Nacional ha ido bajando en la intención de voto y el candidato del Frente Amplio, José María Villalta, ha aumentado su intención de voto. Lo que a principios del 2013 parecía ser una especie de España vs. Tahití político, con goleada incluida, se ha convertido en una final cerrada de dientes apretados, como le gusta decir a mi amigo Héctor Solano. ¿Cómo es posible que un partido de izquierda, que hace cuatro años tuvo tan sólo un 0,5% de votación presidencial, hoy esté en empate técnico con el PLN, la mayor y más aceitada máquina electoral? Bueno, tal vez la explicación habría que empezar a buscarla en que, al contrario de otras campañas, las personas sí están haciendo uso de ese valor mentado, la libre y meditada decisión de por quién se debe votar.

1 comentario:

  1. Creo que le puede interesar visitar nuestro blog ahora. Felicidades y gracias por su trabajo.

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