viernes, 10 de enero de 2014

Leyendo a La Nación con Antonio.

Confieso que soy poco ecléctico en cuanto a los referentes teóricos que trato de usar para, a la luz de sus planteamientos e ideas, tratar de entender la realidad. Me cuesta brincar de uno a otro sin mayor recato; a quienes lo hacen siempre los he visto como una especie de trapecistas, pero que hacen sus maniobras sin red.

Uno de estos referentes es Antonio Gramsci. Su trabajo sobre hegemonía y contra hegemonía siempre me ha parecido no sólo pionera para el entendimiento de la Política, también es lo suficientemente flexible como herramienta de análisis.

El rol que está jugando La Nación en esta campaña electoral (siempre lo ha hecho, pero en esta más), es un caso casi que ideal en cuanto a poder usarlo para ilustrar lo que son los agentes hegemónicos. Gramsci mencionaba que existen agentes hegemónicos que, siendo cajas de resonancia de los esfuerzos de moralización de la clase
dominante, van inculcando una serie de valores entre la clase dominada, algo que él llamaba “hombre colectivo” [1]. Conseguido este objetivo, la explotación y el mantenimiento del status quo de relaciones son aceptadas. Por supuesto que el proceso no es tan mecánico y mucho menos irreversible, pero cuando opera, es eficiente.

Estos agentes hegemónicos pueden ser varios, los más importantes la escuela, la prensa y la Iglesia. La escuela es en mi concepto donde más recia se da la lucha entre el esfuerzo hegemónico y el contra hegemónico. La Iglesia en algunos casos puede estar contrapuesta con los valores que trata de inculcar la clase dominante por su conservadurismo. En el caso de la prensa, es mucho más claro el esfuerzo moralizador. En Costa Rica, los principales medios son propiedad de la misma clase dominante, o sea, actúan de forma claramente intencionada a sus intereses.

La prensa, a través de lo que se ha dado en llamar la
“opinión pública”, abre espacio para la acción de los intelectuales orgánicos de la clase dominante. Estos intelectuales orgánicos, actores clave en la construcción de ese hombre colectivo, se manifiestan principalmente en los editoriales de los medios o bien en artículos de opinión.

¿Se puede observar este fenómeno en La Nación? Evidentemente sí. Cada día se pueden leer artículos firmados por esos intelectuales orgánicos. No sólo se trata de exhibir nombres que ya han sido posicionados en el sentido común como expertos autorizados, se acompaña el nombre, casi siempre, con una referencia a su titulación académica (una forma de decir “yo sé”) o bien con una filiación a una organización (no importa si es conocida o no, con un nombre rimbombante basta). Prácticamente todos estos artículos versan en lo mismo: hay un partido, el Frente Amplio, que parece ser la suma de todos lo que no es aceptable, son unos inmorales que se alejan de lo que es deseable. Y de paso, se deja claro que si Usted no quiere ser un amoral, debe abrazar los valores que ellos propugnan.

Parten del hecho de que el estado actual de cosas es el correcto, es el moralmente aceptable. Pero detrás de esos supuestos valores únicos (¿manifestación de la verdad única?), lo que se busca es mantener las condiciones de reproducción de la clase dominante y las de acumulación. Ni más ni menos.

¿Es inevitable todo esto? No. El mismo Gramsci lo
mencionaba cuando planteaba la posibilidad de construir una nueva hegemonía o contra hegemonía. Y en ese plano es que se ubica hoy la lucha política e ideológica. Solamente haciendo esfuerzos sostenidos de parte de todo el partido, es que se podría debilitar la acción de construcción hegemónica de la clase dominante.

El riesgo que se corre en estos momentos es que si la hegemonía falla, la clase dominante eche mano del blindaje natural de ella, la coerción y la represión. Represión no como acción militar o violenta en contra de la corporalidad de las personas, pero sí como una agresión a las personas como sujetos de derechos, un rompimiento de las reglas del juego. ¿Cómo? Bueno, la posibilidad de intentar micro fraudes puntuales, de utilizar el terror y la intimidación por apoyar el Frente Amplio son una probabilidad realista. La cuestión es, ¿la aceptaría fácilmente el grueso de la población costarricense? Porque al fin y al cabo, mucho del discurso hegemónico se ha fundado, en Costa Rica, precisamente en la defensa de la democracia liberal. ¿Se animarán realmente a romper con su mismo código de valores? Esperemos que no.


[1] Mantengo la denominación original de Gramsci, aunque creo que debería eliminarse el sesgo sexista del lenguaje y denominarse “persona colectiva”. 

1 comentario:

  1. Ya lo han hecho antes, violentar derechos de las personas es lo que les permite mantener esa hegemonía de la que hablas, así que coincido con vos en que ese riesgo tiende a aumentar en la actual coyuntura.

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